viernes, 12 de julio de 2013

Cuentos de allí y allá: Manzanas Podridas

Por Yamila Pérez

Evalúo con la mirada a las tres personas en la habitación, esperando que estén lo suficientemente concentradas en sus cosas como para no notar que yo me iba de aquí. Por un lado: Vanina, la típica chica idiota que ni siquiera tiene aire en la cabeza y su vida depende de su aspecto, siempre sexy según ella, está maquillándose frente al espejo de la habitación, comúnmente. Por otro lado, están mi hermana, Brenda, y su supuesta mejor amiga, Florencia, a la que no duda en despellejar su vida social de la manera más cruel posible: los chismes, tampoco vacila a la hora de pedirle una revisión bucal a fondo al novio de Florencia, quizás no solamente bucal. Sé que no estoy dando una muy buena presentación de mi hermana, a pesar de que es eso, mi hermana, pero la mayoría de las amistades de hoy en día son así. No es de extrañar. Así que no la juzguen, porque en todo caso, el novio actual de Florencia, Alejo, es el ex de Brenda del que, aunque no lo acepte, sigue enamorada. Por lo tanto, si han de criticar a alguien, critiquen a Alejo porque fue él quien en un principio coqueteaba a Florencia mientras estaba con Brenda, y hace lo mismo ahora con la otra. La naturaleza de los adolescentes es así, lamentablemente, por eso es que yo misma no me siento como una. Sí, está bien, yo tengo quince años recién cumplidos por lo que no soy la viva voz de la experiencia y tal vez a mí no me pasen estas cosas como a mi hermana por el hecho de que ella tiene 20 años y, en vez de ser más responsable que lo era de más joven, no lo es, como la mayoría. Pero no creo que me lleguen a suceder, no creo que vaya a haber mucha “adrenalina” en mi vida, por el simple hecho que prefiero, por ejemplo, pasar la noche de un sábado con la compañía de un buen libro en mi casa que pasarla con la compañía del alcohol, con adolescentes borrachos y en quién sabe dónde. Mi vida es tranquila. Yo soy tranquila porque me gusta serlo, me gusta disfrutar la vista de un bello atardecer o caminar por las calles sintiendo el frío viento otoñal helándome las mejillas, no me gusta perder mi vida viendo la televisión u obsesionándome con el Facebook, me gusta pasar el tiempo sola, sin escándalos, no con personas bulliciosas revoloteando a mi alrededor. Me gusta el control y la calma, no el descontrol y el caos.
Sin embargo, está noche de Viernes no podré tener lo que quiero. Y al ver como Brenda perfora la oreja de Florencia con una aguja (espero que por el bien de Florencia la haya esterilizado antes), revolviéndome el estómago con esa vista tan desagradable ya que todas esas cosas me dan demasiada impresión, sé que eso sólo es un augurio de lo que vendrá. Así que hago lo que tanto quiero hacer y mi instinto me pide: intentar huir; y avanzo a pasos veloces y grandes hacia la puerta, esperando no llamar la atención.
-¡Luz! –escucho el llamado de Brenda pero no me detengo, en vez de eso, corro los pocos pasos que me faltan para llegar a la puerta.
No lo logro. Siempre fui mala en la gimnasia y la velocidad no es mi fuerte, todo lo contrario. De hecho ni eso ni nada que tenga que ver con los deportes es mi fuerte. Por lo que los delgados y huesudos brazos de Vanina no tardan en rodearme y retenerme antes de que llegue a tocar el picaporte.
-¡No quiero! –exclamo, tratando de soltarme de su agarre.
-¡Luz, dale! No seas miedosa –me pide Brenda pero tanto ella como yo sabemos que está pidiendo demasiado.
El miedo es algo presente en mí en demasiada cantidad, al igual que los nervios. Todo me asusta. Todo me pone nerviosa.
-¡No quiero! –repito- ¡Mamá! –grito con fuerza, esperando que ella haga su función de madre y venga en mi rescate.
Pero ella no viene y yo me canso de estar agitándome de un lado para otro en los huesudos brazos de Vanina que se me clavan en el estómago, así que me quedo quieta y me encorvo un poco hacia adelante, obligándola a ella hacer lo mismo al ser mucho más alta.
Ah, sí. Soy de baja estatura. Desde los 12 años que no crezco y no es como si a esa edad hubiera sido la más alta de mi clase tampoco, mucho menos ahora lo soy. Mi estatura se quedó estancada en el metro cincuenta y se rehúsa a avanzar. Creo que fue un efecto colateral del Danonino. Siempre solía tomarlo porque, como toda niña inocente de doce años, me creía todo lo que pasaban en la televisión (en esa época aún la miraba): si una propaganda decía que tomando tal cosa iba a poder volar, yo iba y lo tomaba, esperando ansiosa el súper poder que la supuesta bebida me daría. Pero nunca me pasó nada de eso. Es más, todo lo contrario. Empecé a tomar Actimel que alardea de reforzar las defensas y sólo tuve que tomarlo dos veces para ganarme la gastritis de mi vida (demasiado desagradable); empecé a tomar el yogurt con cereales de la Serenísima y creo que pachorra estableció una tiranía en mi organismo; y, como ha de esperarse, empecé a tomar Danonino y el metro cincuenta no me abandono en ninguno de estos años. Así que, Dinosaurio del Danonino, hubieras desaparecido con todos los demás de tu raza cuando cayó el meteorito. Y te hubieras llevado tu tonto y farsante Danonino contigo. ¿Ven? No vean la tele. Es todo mentira, te carcome la cabeza y te mata la imaginación.
Dejo de pensar en mis traumas infantiles cuando veo el rostro enfadado de Brenda aparecer frente a mí:
-Hoy a la mañana me prometiste que si jugarías –reclama.
-¡No prometí nada! Vos hoy viniste y me exigiste que juegue, nunca me dejaste que conteste –respondo indignada.
Brenda suspira y le hace una seña a Vanina para que me suelte. Antes de que pueda hacer un nuevo intento de huir, me rodea los hombros con uno de sus brazos, encaminándome hacia el centro de la habitación.
-Luz, te prometo que no va a pasar nada. –me susurra al oído- No hay de que asustarse. La mayoría de las veces en la que lo hemos hecho, la ouija no se movió ni un centímetro.
-¿Entonces porque quieren seguir haciéndolo? –cuestiono deteniéndome en el lugar al llegar al centro del cuarto. Giro hacia Brenda, encarándola, y me cruzo de brazos.
Ella se encoge de hombros.
-Es una especie de tradición. Lo hacemos todos los días antes de salir a alguna fiesta o bar.
-Su tradición, no mía. –refuto.
-Si pero Anahí no puede venir y se juega de a cuatro. Nos falta una –insiste y al seguir viendo mi negación, agrega:-Luz, en serio, te prometo que nada va a pasar, ¿si?
Me quedo unos segundos mirándola fijamente, directo a los ojos. Finalmente, suspiro, asintiendo con la cabeza resignadamente. La convicción es algo que desconozco por completo, algo de lo que siempre carecí. No hace falta mucho esfuerzo para que alguien me convenza de algo, y menos aún por el hecho de que no sé decirle “no” a las personas. Aunque sea algo que en verdad no quiera hacer, como esto.
Brenda sonríe ampliamente mientras yo me siento en el alfombrado del piso, corre al ropero para sacar la caja que contiene el tablero y la ouija y se sienta frente mío. Florencia se sienta junto a mí, del lado izquierdo, y no puedo quitarle los ojos de encima cuando ella se saca con lentitud la aguja de Brenda y la deja en el piso antes de ponerse en su lugar un arete. Vanina apaga la luz de la habitación y se apura a sentarse a mi lado derecho. Entretanto mi hermana acomoda el tablero en el centro de la ronda, ella prende unas velas grandes, rojas, y nos pasa una a cada una para que la pongamos en la alfombra frente nuestro.
-Bien –dice Brenda cuando ya está todo listo –Pongan el dedo índice de la mano izquierda en la ouija.
Rápidamente, ella y sus amigas hacen lo dicho. Yo me tardo unos segundos, vacilando, pero termino haciendo lo pedido. Las tres sonríen emocionadas. Yo quiero salir corriendo.
-Empecemos –murmura Brenda -¿Hay algún espíritu aquí?
Nunca entendí porque todos los que juegan a esto, empiezan con esa pregunta. ¿Qué? ¿Es una regla más del juego? ¿Por qué no otra pregunta? ¿Qué tal un “hola” o cualquier otra cosa? Si recibes una respuesta o no, te darás cuenta si hay o no un espíritu de todas maneras.
La ouija no se mueve, permanece firmemente quieta en su lugar, sin desplazarse un solo centímetro de allí. Y puedo sentir como el aire me vuelve, como un peso invisible desaparece de mis hombros y toda la tensión y el miedo escapa de mi cuerpo. Sin embargo, la satisfacción no me dura mucho porque, repentinamente, la ouija comienza a moverse lentamente hacia el “SI” de letras mayúsculas inscritas en una de las esquinas del tablero.
-Alguna lo está moviendo, ¿no? –pregunto, alzando la vista hacia las demás pero ninguna me responde, todas están demasiado concentradas en ver la ouija y entiendo esa respuesta como una negativa a mi cuestionamiento. Inmediatamente, las manos empiezan a sudarme y las piernas me tiemblan.
-¿Sos un espíritu malo o bueno? –cuestiona está vez Florencia.
La ouija no se mueve y todo queda en silencio. Espero que la ouija no se desplace nuevamente, que de repente las tres empiecen a reír y me digan que era una broma (de mal gusto pero broma en fin), pero eso no pasa, continúan viendo fijamente la ouija, esperando algo.
Un escalofrío me recorre la espalda y siento la mirada de alguien clavada en mí pero lo dejo pasar, convenciéndome que sólo debe ser fruto de mi imaginación por mi temor a estás cosas.
De repente, escuchamos una sutil risa desde algún lugar de la habitación, sobresaltándonos a las cuatro. Y, de un momento a otro, las velas se apagan aunque no hay nadie que las sople; la ventana se abre fuertemente, provocando un ruido estruendoso al chocar contra la pared contraria, pero no hay viento a pesar de que estemos en medio del otoño; ni alguien que prenda y apague las luces de la habitación. Grito. Las cuatro gritamos fuertemente, aturdiéndonos los oídos y aun así puedo seguir escuchando aquella escalofriante risa. Y a pesar de que sé que una vez que se empieza, no se puede salir sin el permiso del espíritu, eso no me importa en lo absoluto. Quito mi dedo de la ouija y apoyo las manos en el piso, sintiendo inmediatamente un fuerte pinchazo en el dedo índice de la mano izquierda. Me pongo de pie rápidamente, alzo la mano para ver la razón del dolor y me horrorizo al encontrarme con la aguja con la que Florencia se hizo el piercing clavada en mi dedo. La saco rápidamente. Diminutas gotas de sangre recorren parsimoniosamente el dedo y caen sobre el tablero. Ignoro el dolor y corro hacia la puerta.
-¡Luz! –me llama Brenda, agarrándome por el brazo.
Me suelto de su agarre bruscamente y volteo para gritarle en la cara:
-¡No! ¡No voy a seguir jugando a esto! –los ojos se me llenan de lágrimas, ¿he dicho ya que soy demasiado miedosa? -¡Vos prometiste que no pasaría nada! –le recrimino.
Sé que mi hermana no esperaba que nada de esto sucediera al igual que las demás pero igual me enfado con ella porque yo no quería jugar a esto, ella me obligó sabiendo el miedo que todo esto me da.
Cierro la puerta sonoramente y me voy con pasos veloces a mi habitación. Y cuando ya estoy en mi cuarto, escondida en la seguridad de mi cama y protegida por las frazadas, sigo sintiendo la mirada de alguien fija en mí y puedo oír débilmente aquella escalofriante risa.


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jueves, 4 de julio de 2013

Cuentos de allí y allá: Beatriz y yo

Por Ariadna  Beatriz Riccitelli 

Blog: Corazón desfragmentado clamante de piedad



Me sigue a todas partes. Cuando llueve, ella está ahí. Cuando caigo, ella está ahí. ¿Por qué, Beatriz, por qué?
 Me gustaría comprender el sarcasmo resultante de todo lo que susurra siempre que sus pupilas se dilatan -y se vuelven profundas, profundas y oscuras como las mías-. Me gustaría adentrarme en ellas, debilitadas, para de una vez sentir lo que siente cuando me ve al otro lado del cristal. Pero no me deja, no. No me deja entrar. No deja entrar a nadie, a diferencia de mí que quizás me asemeje demasiado a un libro entreabierto, uno de esos fragmentos de literatura que tienen una que otra página amarilla, rota, cubierta de sangre o de lágrimas.
 La verdad nunca se la conté a Beti, y es que me canso de dar vueltas en una espiral de recuerdos inconclusos y de que ella se esconda tras una cortina de nimiedades de otros tiempos (léase cristianismo). O quizás nos vea sepia y lo que la realidad refleja es un renacimiento espiritual que tanto parecen necesitar nuestras almas manchadas.
 Yo la veo a ella como una parte de mí, como mi otra mitad... Como mi propia oscuridad, que me acecha, me cubre de a poco, despacio, y no me deja ir. Nunca me deja ir... De todas formas tampoco quiero que se aleje, que me deje sola en este espacio tan vacío que algunos llaman cerebro, mente, alma. A veces quiero pasar un tiempo conmigo misma, pero al segundo recuerdo que ella es toda yo, y yo soy enteramente todo lo que puedo creer y vislumbrar de su esencia. Su mirada penetrante y ambigua se clava en mis omóplatos, formando unas alas hechas de teclas de piano, que se asemejan a un bosque que se deshace y nos provoca mareos matutinos -y vespertinos también-
 A Beti le gusta revolotear entre pétalos de jengibre, mientras que yo soy partidaria de un buen mate-cocido, mucha azúcar y un eterno y -como dicen ahora- vueltero Kafka sobre mis rodillas. Aunque ella y yo también tenemos cosas en común. Las convulsiones existenciales, las volutas de humo que exhalamos no menos de 38 veces al día, la patafísica, los tatuajes absurdos, el jeringoso y las marcas de jeringas en la piel. También compartimos nuestras citas preferidas: "Cuántas veces me pregunto si esto no es más que escritura, en un tiempo que corremos al engaño entre ecuaciones infalibles y máquinas de conformismos". Ay, Julito. Cómo nos rompe la cabeza Julito. A Beti, el aplastamiento de las gotas le recuerda a mí. "No sé por qué será, quizás por la gracia con la que cae y se estrella" (cabe aclarar que la estoy citando a ella).
 Yo la quiero a Beti, sí que la quiero. Si no escucho su voz dentro de mí me siento vacía, al igual que ella. Pero nos consumimos la una a la otra, y tarde o temprano...
 ¿Qué es esto que habita dentro de mí, de ella? No es nada en concreto, pero sin embargo nuestras venas se metamorfosean en melodías desconocidas cada vez que resurge de entre las sombras. Beti y yo sabemos cuán lejos está, cuán profundo se aloja a veces en su interior que a la vez es el mío y se descompagina tanto. Ella a veces se toma un minuto para intentar masticarlo, y según me cuenta sabe a lo que fuimos alguna vez, a lo que creemos ser y a todo lo que nunca -siquiera por un día, por un segundo- seremos.
 También me dijo, una vez -me costó, sí que me costó, sonsacarle una respuesta- que aquello que habita en ella, en mí, aquello que es todo en lo que creemos y nada de lo que existe en realidad, forma espirales a nuestro alrededor, nos recorre de principio a fin, de pies a cabeza, y sabe todo lo que nosotras sabemos, y lo que no, lo sabe mucho más en detalle, en profundidad.
 Me dijo que sabe un poco a sangre... Y otro poco a nosotras dos.
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jueves, 27 de junio de 2013

Cuentos de allí y allá: El sueño del hombre gris [Por Abraham Magarelli]

Cuentos de allí y allá

El sueño del hombre gris



Veo una habitación pintada totalmente de gris. En realidad todo era gris, no sólo la habitación, me siento en una silla, lo que es extraño porque antes no había una silla.
-Es invierno- dice el hombre gris que vivía en la habitación gris. Yo sé que es invierno pero le digo que sí.
-Quien siembra dragones cosecha profesores de matemática-. Contesto que sí a pesar de no comprender la lógica de mi gris compañero.
-Pienso, luego las paralelas se cortan en el infinito-. Cansado le arrojo la tetera al hombre…
Pero la habitación gris ya no existe. Estoy en la casa de mi abuelo, a él le arrojo el té, pero yo ya no soy yo, soy un yo niño y temo.
No quiero estar ahí. Me quiero ir. Quiero desaparecer. Él se acerca y busco más teteras, pero se acabaron.
Trato de no gritar mucho, sino se enoja y me pega más. Y pongo todas mis fuerzas en crear una habitación gris, y entonces viene la policía gris y se lo lleva. Triste, floto en busca del hombre gris, pero no está, dejó una nota:
“Los peces son rosas y la sangre es dolor”


Y suelo despertar con la cama mojada.


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jueves, 13 de junio de 2013

Cuentos de allí y allá: Un buen día [Por Camila Ballar]

Cuentos de allí y allá
Un buen día

Por Camila Ballar
Twitter: Cam del espacio

- Hoy será un buen día ¿no cree usted? – replicó aquel gordo y calvo hombre, vestido de oficina que se encontraba a mi lado, en la espera de la llegada del tren.
Ese alegre y optimista hombre. Siempre odié a la gente idiotamente feliz, nunca entendí  la razón de aquella alegría distante a la realidad. Como sea, ese sonriente energúmeno me había estado arruinando mis jornadas con su cantito estúpido y petulante. Era como si ese comentario rutinario y matutino bloqueara mi accionar del resto del día. Ese hombre me sacaba de quicio.
Yo, como era de costumbre desde hace meses –cuando mi auto se descompuso y me vi obligado a viajar en tren y así tuve la dichosa desgracia de cruzarme con este hombre- llegué al andén con mi traje desalineado, mi pelo revuelto y una ojeras espantosas que resaltaban en mi cutis extremadamente pálido. Solo deseaba no encontrarme con aquel gordo, pero no, ahí estaba, para arruinarme el día, como era ya común. Cuando él dijo su línea (como si pensase que diciendo eso se convertiría en un confidente mío) yo respondí con una apatía resonante:
-¿Y qué tiene de bueno?
-Sabe usted, va a llegar el día en que despierte felizmente, como yo. La dicha es contagiosa, se dice.
Lo ignoré. No quería que mi día empeorase más, siendo encarcelado por asesinato de este gordo tarados. Así que simplemente lo ignoré. Al fin, arribó el tren, me subí y procuré sentarme bien lejos de él.
Ya pasadas varias horas, mi día se había vuelto un infierno y la oficina estaba peor que nunca. Por lo que perdí toda concentración y comencé a divagar. Había quedado repicando en mí lo que el gordo pesado del andén había dicho. No lo entendí, me pareció tonto, aunque pudiera tener razón, quien sabe realmente.
Esa noche, llegué a casa molido. Sin embargo, no me sentía tan miserable como siempre, me sentía extraño. No odiaba a nadie; ni a mi jefe, ni a mis colegas, ni a mis clientes… ni siquiera al maldito gordo del andén. Pensé que tal vez estaba por contraer gripe, así que me eché a dormir. Increíblemente, dormí como nunca antes.
A la mañana siguiente, me levanté con el mismo sentimiento extraño: ahora me recorría todo el cuerpo. Me sentía distinto, enérgico, y para mi sorpresa, me había levantado temprano. Así que tuve tiempo de desayunar y engalanarme, cosa que hace meses no sucedía. Luego, salí de casa.
La vida parecía sonreírme. Raro. Crucé la calle y llegué a la boletería de la estación. Después de haber sacado mi boleto, llegué al andén, pero no veía al gordo por ningún lado. Eso también era raro. Pasados los diez minutos, lo vi llegar; sería mi Apocalipsis. Pero no, su expresión en la cara me dijo que algo debía de pasarle. Estaba pálido, con unas ojeras muy llamativas, y hecho un esperpento. En lo que lo observaba, él se paróme al lado.
- Hoy será un buen día, ¿No cree usted? – Le dije inconcientemente.

- ¿Y qué tiene de bueno? – Me respondió.
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jueves, 6 de junio de 2013

Cuentos de allí y allá: El Peligro de la Mentira


Cuentos de allí y allá
El Peligro de la Mentira





Oh…Veo que habéis venido. Pasad, pasad, no tengáis miedo. Sentíos libres de tomar asiento en mi humilde morada. Por favor, parad de acusarme con vuestras miradas. Es bien comprensible que me miréis de esa forma. Pero creedme cuando les digo que debajo de mis harapientos ropajes y la desalineada maraña grisácea que comprende mi barba, hay oculta una historia que escapa a lo que cualquiera de los presentes pudiese siquiera imaginar.

¿Acaso no creéis en las apesadumbradas palabras de un simple viejo? Lo más normal sería pensar que sólo son habladurías de un senil y demente anciano, cuya mente fue colapsada por el paso del tiempo y el alcohol. No os lo voy a negar, puede que aquellas acusaciones sean acertadas pero, en lo que a mi respecta, lo que terminó por derrumbar mi juicio va más allá de vicios y el progresivo desgaste del recipiente al que llamamos cuerpo. No… Realmente no os imagináis la treta que el atroz destino me tenía preparada.

Así qué… ¿Estáis preparados para escuchar mi relato? ¿Estáis listos para escuchar la historia del hombre que alguna vez lo tuvo todo en sus manos y que las jugarretas de la vida todo se lo arrebataron? ¿Estáis listos para presenciar la obra más magnifica y sanguinaria de todos los tiempos?

En esa época no era más que un joven como cualquier otro. Un joven cuyas aspiraciones no escapaban de vivir de juerga en juerga y regodearse con las mejores compañías que pudiese encontrar. Era así que, ahogando mis noches en vino y danzando hasta que el matutino trinar de los pájaros se oyese, derrochaba las horas de mi vida. Está de más aclarar que en ese entonces el dinero no era problema para mí, al fin y al cabo, obtenía  una considerable suma de dinero dada mi profesión. Por favor, seáis amables conmigo y permitidme alardear un poco al decir que no era un trabajo que cualquier hombre pudiese hacer. De ser así, la paga no sería tan fastuosa.

Muchos de ustedes me llamaríais temerario, osado o hasta llegaríais a tildarme de maniático al tomar  dicho empleo, a lo cual permitidme confesaros con cierto pudor que en ese entonces sólo acepté dicha labor desconociendo los pesares y complicaciones que ello podría acarrear. Os ruego comprensión, al fin y al cabo aquello no era más que un mero “capricho de la juventud” o un claro bloqueo de mis neuronas ocasionado por el aumento de la testosterona. Entendedlo, al igual que todo joven, sólo deseaba dinero qué dilapidar. No importaba si mis acciones rozaban la clandestinidad. ¡Oh, Madre Santa! ¡Os juro que no sabía del asunto en el cual estaba por embarrar mi nariz!

Desde muy pequeño mis progenitores me habían dotado de una particular educación religiosa. “Amad al Señor y respetadlo como si de vuestros padres se tratase, rezadle cada noche antes de dormir y agradecedle por todas la bendiciones con las que os ha provisto. Recordad que Dios, así como da, también puede quitar.” Eran sus claras palabras. Sin embargo, como típico niño iluso al que sólo le preocupaba preservar sus infantiles sueños, hice caso omiso a sus advertencias y me dediqué a suministrar burlas y risas ante este supuesto “ser ficticio”. ¡Si tan sólo hubiese sido más precavido y menos petulante…!

Era ingenuo, y no digo que haya dejado de serlo, pero en ese entonces intenté llevarme el mundo por delante, ese mundo repleto de obligaciones y responsabilidades que gozaba evadir. Muchos ya me había advertido acerca de mis actividades, que me alejarían del sendero, que me perderían a mí mismo. En respuesta solía prorrumpir sonoras y arrogantes carcajadas frente a los crédulos que se dejaban llevar por la envidia. Sólo estaban celosos de mi perfecta y agraciada vida. No sólo era de conocimiento común que fuese un muchacho bien acaudalado y dotado sino que además se me daba la lírica y, como no, las mujeres.

Era trovador en mi tiempo libre, uno de los más conocidos del poblado si cabe agregar. Sabía de cánticos y composiciones musicales por montones y en las tensones no tenía rival. Siempre en compañía de mi fiel laúd, siempre en compañía de mi soledad. Mis sonetos no eran para nada especiales. En ellos me dedicaba a hablar acerca de mi vida y, de cuando en cuando, burlarme un poco de los incautos que sostenían tener un amigo imaginario. De hecho, había un particular secreto para mi rotundo éxito y no era para nada grato: la base de todos mis poemas no era otra que sino una farsa. La gran mayoría de ellos se sustentaban de fragmentos de cadáveres ajenos ¿pero qué se podía esperar de alguien con mi oficio?

La oscuridad envolvía el desolado y espectral parque. La luna se divisaba con dificultad en lo alto, detrás de los negros y ondulantes pinos y una densa neblina merodeaba por todo el sitio, impidiendo saber con exactitud a quién pertenecía cada catre. Allí estaba yo, en mi nocturna labor de interrumpir el profundo letargo de aquellos soñadores para mi beneficio personal, cuando de repente una diminuta figura se abrió paso niebla. Era una pequeña niña de andrajosas ropas y un dorado y sucio cabello. Sus pies, descalzos y negros por la tierra, estaban llenos de heridas y magulladuras. Sus empalidecidos brazos, que tiritaban por las escasas temperaturas, podía difícilmente distinguirse de los huesos de un difunto. Su inocente y descuidado rostro lleno de castañas pecas, que parecía desconocer mi indecorosa faena, no dejaba de pedirme clemencia.

-Por favor amable señor, tened misericordia de esta miserable y pobre niña. Si no fuera mucha molestia para usted, os pido un doblón de oro.- Dijo con voz penosa y ronca mientras señalaba la bolsa con dinero que colgaba de mi bolsillo.

-Lo siento mi joven niña.- Respondí benévolo a la vez que resguardaba con recelo el saco en la palma de mi mano.- Por mucho que a este servidor le apetezca ayudarte, has de aprender a ganar tu propio sustento. Porque como dice el Señor “Bienaventurados sean los pobres […], porque de ellos es el Reino de Los Cielos”

Con aquel sermón, esperaba que la infanta diera media vuelta y regresara sobre sus pasos pero, muy por el contrario, sus ojos se llenaron de una amarga sabiduría que sólo podría ser removida con sus lágrimas.

-Lo comprendo mi amable señor, pero el Santo Padre también dice: “Bienaventurados los misericordiosos: porque ellos obtendrán misericordia”- Su terca mirada se clavó en mí con aquel aire de ingenuidad propio de los infantes. No me gustaba para nada su egoísta obstinación.- ¡Por favor os ruego comprensión mi piadoso señor! La fortuna ha querido apartarme del lado de mis progenitores y me veo a mi suerte en este mundo. No tengo forma de mantenerme ni poseo sustento alguno. ¡Piedad, señor! ¡Piedad!

-Mi corazón se estremece al escuchar vuestra dolorosa y triste historia pero como el Señor dice: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed […]: porque ellos serán saciados.” Así que no hay necesidad de preocuparse niña mía, el Señor os proveerá por todos los sinsabores pasados y futuros.

-¡Por favor mi señor, apiadaos de esta indefensa y hambrienta niña!- Aferró sus gélidas manos en ambas mangas de mi oscuro abrigo. Temblaba como una hoja en medio de la ventisca y sus mejillas habían adoptado un peculiar color carmín. De sus negros ojos emergieron dos grandes y saladas lágrimas que rodaron cuesta abajo por las frías colinas de su cara hasta deshacerse en una mezcla de agua y suciedad en su barbilla.- ¡Un solo doblón es lo que pido generoso señor! ¡Nada más ni nada menos!- La aparté con cuidado de mis ropajes llenos de tierra y sacudí el exceso de polvo.

- No derraméis vuestras lágrimas en vano joven hija del Señor, puesto que es de común conocimiento que también dijo: “Bienaventurados los que lloran: porque Dios los consolará.”

Sus lágrimas cesaron de repente y su rostro, ennegrecido por una abrumadora presión, generó una notoria mueca de desagrado. Dentro de sus ojos comenzó a avivarse una peligrosa llama escarlata, una llama que parecía consumir mi alma tan fácilmente como si de un simple puro se tratase. De pronto un miedo irracional invadió mi mente y nubló mi juicio, no estaba seguro de a qué le temía pero era conciente de que se trataba de algo sumamente peligroso. La imagen de la desdichada y tierna niña se desvaneció en el aire junto con la relajante atmósfera que el camposanto podría proporcionarme.

-Es verdad lo que decís, señor mío. En eso no os contradigo. Pero os ruego encarecidamente que recuerde que el Santo Padre una vez dijo: “Bienaventurados los puros de corazón: porque ellos verán a Dios.” Así, en contraposición, aquellos que nieguen a su prójimo las bondades que vuestro Señor proporciona, recibirán el debido castigo divino.- Su voz sonaba tosca y molesta pero a su vez, se sentía como si tuviera un total conocimiento de las palabras que acababan de emerger de sus pálidos labios.

-¡Que la inocencia os valga criatura de la creación!- Bramé en una fuerte carcajada.- ¡Dios sólo castiga a sus enemigos y a los que dudan de su omnipotencia! ¡Vuestro Señor jamás castigaría a un fiel y devoto siervo que sólo vive para promulgar su santa palabra!- Pero mis oraciones no provocaban más que leves cosquilleos en los oídos de la infante. Ella seguía inmersa en su sermón, repitiendo las mismas palabras una y otra vez: “castigo divino”. Me distancié unos pasos de la criatura, su voz se iba tornando cada vez más chillona y espectral y de cada dorado cabello emergió una grotesca y deforme serpiente de ojos tan rojos como la sangre. Su piel, poco a poco comenzaba a desintegrarse en determinadas partes de su cuerpo dejando ver su horrendo esqueleto. En un abrir y cerrar de ojos la dulce niña que antes había estado mendigando frente a mí se transformó en un monstruo de los que sólo se había escuchado hablar en los peores y más terribles relatos de enfermizas mentes.

No os lo voy a negar, grité y grité con toda mi aterrada alma. Apenas atisbé a dar un torpe paso hacia atrás que sólo sirvió para caer en el profundo pozo situado tras de mí, junto con aquel apacible y demacrado soñador que parecía esperar con los brazos abiertos mi compañía. ¡Jamás en mi vida había sentido tal desesperación! Presa del pánico intenté erguirme de nuevo y huir, pero mis endebles y temblorosas piernas no me lo permitieron. Estaba hipnotizado por esa risa macabra, desprovista de cualquier humanidad que pudiese haber tenido en algún momento. Pero mis sentidos volaron definitivamente cuando sentí un frío y esquelético collar oprimiendo mi garganta hasta el punto de dejarme sin aire. Palpé desesperado intentando zafarme de la… ¿mano? ¡Era una huesuda y horrenda mano humana! ¡Los muertos intentaban sepultarme en vida junto con ellos!

Negro. Una oscuridad pútrida y profunda me iba carcomiendo y sentía como mi alma era apuñalada con cada carcajada de la niña. Las fauces de la tierra misma me engullían cual gordo y suntuoso duque devora su cena mientras que el agrio aroma a muerte inundaba la atmósfera. Mis forcejeos pronto se volvieron inútiles. Las capas de tierra iban cayendo una tras otra y con ellas, mis escasas oportunidades de escapar. Ya nada podía hacer, nada más que escuchar su horrenda risa y lamentarme en silencio.

De pronto, sentí un picoteo en el rostro. “Quizá ya los gusanos estén comiéndose mi carne”, pensaba. Pero no era así. Otro picoteo más y abrí mis ojos. Menuda rareza de gusano, tenía un encorvado pico con oscuras y estaba recubierto por brillosas plumas oscuras. Miré a mi alrededor confundido, no quedaba rastro de la pesadilla vivida hacía instantes. Espanté a mi plumífero amigo para luego levantarme de la tumba en la cual me encontraba apoyado y reí tontamente. Si, una pesadilla ocurrida por dormir en tan peculiar lugar.

-Tonto. Tonto.- Decía a carcajadas.- Mira que pensar que mi Señor habría de castigarme así. ¡Soy su fiel siervo y devoto!- Y diciendo esto encaminé hacia el bar más próximo para embriagarme y olvidar lo ocurrido.

 Divirtiéndome estaba yo en otra de las tantas alocadas festividades nocturnas a las que solía asistir cuando mis ojos fueron saturados por un aluvión de sensaciones que, hasta entonces, eran desconocidas para mi precoz corazón. Solitaria en un apartado rincón, como si de el más preciado de los tesoros se tratase, estaba aquella pálida belleza. Su sonrisa, más brillante que el más dorado y reluciente doblón de oro, era el centro de atención de varios muchachos en la sala. Sus manos, tan perfectas y delgadas, parecían ser el resultado del arrebato emocional de algún artista enamorado. Y sus ojos… ¡Sus hermosos ojos! Eran tan puramente cristalinos que uno podría asegurar que la puerta al mismísimo edén se ocultaba tras ellos.

No os miento si les digo que al momento en que su angelical rostro giró hacia mi dirección, tanto mi alma como cualquier indicio de cordura, me abandonaron por completo. Tampoco os miento al decir que mí ser, impuro y desmerecedor de tal goce, fue purificado en el instante en que su sonrisa iluminó con fervor el bullicioso cuarto. No…nada de aquello fue una mentira. Aún cuando, ahora, mi cuerpo esté desgastado y marchito. Aún cuando, ahora, mi mente se desvanezca lentamente y junto con ella el poco juicio que se resiste a partir. Aún cuando, ahora, no pueda discernir si todo aquello sólo ha sido parte de un efímero y fugaz sueño producido por el alcohol, sus marcas jamás se borrarán de mi  abatido y longevo espíritu.

-Eleonora.- Dijeron sus seductores y pálidos labios con un notorio acento británico al preguntar su nombre.

Los consecutivos días fueron como una quimera. Bastaba verla sonreír con sus preciosos labios escarlata para lograr olvidarse del mundo. Siquiera las horrendas pestes que plagaban la región o la consecutiva ola de crímenes y asesinatos asolaban a la población era competencia para su eterna belleza. El sólo verla avivaba en mí una llama, una llama que sólo ella pudo encender y sólo ella podría mantener viva.

De mi mente surgían versos y sonetos, música y poesía. De repente comencé por adoptar un particular gusto hacia la vivacidad de la madre naturaleza, así como también me atrajeron la literatura y la lírica. Poco a poco fui abandonando el trago y las escapadas por las noches, para así dejarme seducir por la alegre algarabía matutina que surgía al verla despertar a mi lado cada mañana. No obstante, mi paraíso no duraría por mucho tiempo. Aquellas fuerzas místicas de las cuales me había burlado por tanto tiempo ajustarían cuentas conmigo.

Era tiempo de bodas cuando mi Eleonora cayó presa de aquella terrible enfermedad. Comenzó como una gripe común sin más complicaciones: elevada temperatura, constantes cefaleas, escalofríos, astenia y demás. Pero puesto que en esa época nos encontrábamos en pleno invierno no le dí mucha importancia. Hasta hoy en día me lamento de haberla ignorado.
Los recuerdos de esos días aún pasean frente a mis ojos como fantasmas merodeando en el camposanto, acusándome con sus gélidas y lastimeras miradas. Su amable y bella sonrisa que intentaba apaciguar mis miedos, por más que ella supiera lo que sucedería. Sus tristes gritos de agonía y su llanto desconsolado. Pero más que nada recuerdo ESA imagen. Un cuerpo deforme y grotesco tendido en mi cama, los doctores diciendo que ya nada se podía hacer, que eran cosas de la vida y a ese solitario vestido blanco colgado en el armario.

Maldecí. Maldecí a mi suerte. Maldecí a Morfeo y su eternidad. Traté con todo, los mejores médicos, costosos y prestigiosos curanderos y hasta me atrevo a decir que con la más extrañas artes oscuras. Pero no, nada parecía ser de utilidad. Fue allí, en ese tenebroso y solitario callejón, cuando por fin pude comprenderlo. Azoté contra el muro la botella de ron que sostenía en mi mano y lancé lejos mi pesado saco de doblones. El dinero nada servía en esas instancias. Fue entonces que oí una familiar pero a la vez extraña voz.

-Tal parece que por fin lo ha comprendido mi señor.- Hablaron a mis espaldas. Una helada gota de sudor recorrió mi frente. Reconocía esa forma de hablar. Volteé lentamente y miré aterrado. Era una niña de rizos dorados y tez blanca.

-Creo que mi señor es lento de entendederas.- Dijo con una inocente risa.- ¿En verdad creía que vuestro dinero iba a hacer la diferencia? Podrá haberla hecho gozar de las mejores diversiones, los más suculentos platillos y los más reservados placeres. Pero eso poco importa al final del camino. No hay hombre mujer o niño, ni uno solo, que pueda alejarse del sendero.

-¡Monstruo! ¡Tu me la has quitado!- Bramé lleno de ira. Ya no me atemorizaba su figura, había vivido la muerte en carne propia y me habían arrebatado mi alma en vida. No había nada que pudiese espantarme a esas alturas.

-¿Yo?- Interrogó con ingenuidad.-No se equivoque mi señor. No es usted sino el culpable de todas las desgracias ocurridas. Se ha escudado detrás de Dios para sacar partida, miente engaña y roba para poder vivir a sus anchas y profana el descanso eterno de aquellos que no deben ser despertados. Pero no ha de preocuparse, se lo aseguro. No voy a llevarlo conmigo.

-¿Y cómo esperas que viva de ahora en adelante? ¡Te has llevado todo lo que me importaba!-
Ella rió con más fuerza aún.

-Que yo sepa, mi señor aún conserva la compañía de su gran bolsa de doblones. Personas van y vienen al mundo a diario y apenas te mosqueas. ¿Por qué esto debería de ser una excepción? Viva de su pecado, nútrase de lo aprendido. Saque algo bueno de su experiencia, con el tiempo verá que es usted muy afortunado.- Y tras decir esto sacó de sus andrajosos ropajes un reluciente doblón y me lo arrojó entre carcajadas para luego desaparecer entre la oscuridad de la noche.


Y esto fue todo, aquí acaba el relato. Espero que de mi historia ustedes, mentes jóvenes y lúcidas, puedan extraer una enseñanza., aquella enseñanza que al ser tan ciego y duro de mollera no pude ver. Jamás he vuelto a ver a la niña después de aquello y tampoco está en mis planes volver a hacerlo dentro de poco. Aún sigo reprochándole muchas cosas pero de algo debo reprocharle en particular es este don maldito que tengo ahora. Puede que en apariencia luzca como un anciano decrépito pero en lo profundo de mi espíritu aún conservo mi anhelo de juventud. Si, nada es lo que parece. Puedo parecer un anciano pero así es como quiero que me vean. Ahora si, ¡retiraos! ¡Dejadme en soledad! ¡Dejadme solo con mis enfermizos poemas y mi corrompida literatura! ¡Dejadme solo con mi fantasmal musa! ¿Cómo? ¿Queréis saber más? ¿Queréis saber quién soy realmente? ¿Queréis saber por qué salí invicto de mi enfrentamiento con la muerte? Creo que a estas alturas ya sabéis la respuesta. No soy nada más que eso, una sombra del pasado, un cuervo negro. Alguien o algo (ya no lo sé con certeza) que escapó de la muerte. No, no es correcto decir que escapé de la muerte. Ya lo habéis notado ¿no? Si, desde un principio, mucho antes de que pudiese darme cuenta, ya estaba muerto.
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jueves, 30 de mayo de 2013

Cuentos de allí y allá: Circo

Cuentos de allí y allá
Circo

Laura Romina Scarpelli

Con normalidad la dejaría a una absolutamente desorientada el hecho de despertar con el cuerpo en concordancia con una silla ajena, en la esquina (al parecer derecha, aunque nada es absoluto) de una habitación de una habitación de paredes desproporcionadas.
Probablemente tenía las manos atadas tras el respaldo de la silla. ¿Qué habrá sido de las vendas manchadas de sangre que decoraban sus muñecas? ¿Y por qué aún conservaba el cigarrillo a medio fumar en la comisura de sus labios?
El humo encontraría su muerte en arabescos cuando puede comenzar a percibirse apenas el color de sus pupilas (castañas, pero amarillas si queremos volverla todavía más hermosa) detrás de sus anormalmente espesas pestañas negras.
¿Por dónde proseguir?
La forma en que había llegado hasta allí, no importaba. Las circunstancias, tampoco.
Ahora había que poder ver con la mirada cansada, el globo ocular con pequeñas rayuelas rojas que parecían querer meterse entre su campo de visión. Era extraño, pues las mesas solían ser cuadradas. Rectangulares, a lo sumo. Pero ahora, medio de frente, más allá de su nariz respingada, más allá de sus costillas y de las tenues marcas en la delgadez de sus piernas, más allá de sus zapatos pesados, se extendía, desafiante, la circunferencia que pretendía ser mesa, bajo una luz directa en una habitación en la que sólo se distinguía con claridad el plato con inmensas rosas rojas, centrado, y los bordes difusos y sangrantes de aquello que se creía mesa. Extrañas criaturas las mesas.
-Sentite segura de abrir por completo los ojos…
Suspiró alguien. Tal vez, la oscuridad.
-…Ellos no pueden divisarte.
Y sus pupilas amarillas se extendieron al resto de la habitación.
-¿Va a pasar algo?- Resuenan como pueden sus labios carnosos a través del eterno cigarrillo.
Y obtuvo respuesta, si es que puede llamársele así al chillido de una puerta.
Cosas. Cosas aludentes a la repugnancia. Cosas con el cerebro atrofiado por las telenovelas de las cuatro de la tarde, con polleras por debajo de las rodillas, sucias y malolientes, los pies deformes, el pelo canoso, las manos contaminadas con exceso de sal y saliva, la dentadura podrida, los ojos inyectados que proyectan una mirada que quiere ser tierna, aunque sólo logra causar más repulsión en la criatura sublime que las miraba incrédula desde la silla en la esquina tal vez derecha de la desproporcionada habitación.
Cosas. Cosas con forma de personas.
Se sientan cada una en una silla (más pequeñas que aquella en la que reposaba ella) alrededor de la mesa, riendo y gorjeando escandalosamente, exponiendo su extrema ignorancia sin ningún tipo de pudor.
¿Cómo pueden?
Era difícil mantener la hilaridad del presente ante tal escena.
Debió rendirse ante la idea de que todo era producto de la imaginación de alguien (de ella, de otro, de la oscuridad).
Entonces, sin que nadie se inmute, un mono trepa por la pata de la criatura que quiere ser mesa, y se sienta sobre el plato de las rosas. Quedan (las que no perecen bajo el peso del animal) alrededor de sus patas, y cada una de las cosas toma una de las hermosas gemas rojas.
A las rosas (en especial las rojas) debe tratárselas con sumo cuidado y respeto, ya que son unas de las flores más majestuosas y vengativas de las que se tiene conocimiento.
Cada una con su respectiva rosa de frente a la mesa, con completo desdén comienzan a arrancar cada orgásmico pétalo, y, en un inhumano acto del que cualquier dictador genocida se avergonzaría, se lo llevan a la boca, lo mastican y lo tragan y lo celebran al unísono.
Las arcadas suben por el cuello de ella, mientras se le escapa el odio vuelto lágrimas.
El mono, sentado en la espalda de la criatura que quiere ser mesa, capta sus inmensos ojos amarillos, y llamando la atención de las cosas, la señala vagamente.
El asco es aplacado por el estado de alerta.
Se inicia una especie de disputa entre las cosas, que hablan como si tuvieran comida en la garganta, acerca de quién se pararía, de que había dolor de piernas, de que los huesos no son como antes, de que antes las jovencitas eran decentes, las casas se inundaban, los esposos golpeaban a sus mujeres y en el verano no hacía tanto calor.
Ella pone todo su empeño, luego de confirmar que su revólver seguía guardado en la pequeña funda que rodeaba su pierna, bajo la falda del vestido, en recordar cuantas balas quedan.
Una de las cosas emprendió camino hacia ella.
Y ella, con cinco balas.
La cosa se acerca y desenvuelve las arcadas tras su aliento putrefacto. Trata de desatar el nudo, pero no puede. Sus manos son torpes y sus labios no dejan de producir un sonido que no es de succión, pero podría parecérsele,  y la mente de ella está al borde del colapso. NO PUEDE SOPORTAR.
Cuando la cosa, convencida de haber desatado el nudo –aunque en realidad, ella tironeó hasta romper aquello que la ataba- la toma con una mano sudorosa y la lleva hasta la mesa.
Se sienta, y las cosas ríen y babean y se hurgan la nariz, y el odio de ella es inconmensurable.
Cinco balas pero no quince.
Quince cosas y sin contar al mono, y no veía cómo salir de ahí.
Aún quedan rosas en el plato. Una de las cosas toma una, y se la ofrece a ella. Asco ante tal atrocidad, y la rosa le toca apenas la nariz, aroma celestial, y ella se niega rotundamente a separar sus carnosos labios (que perdieron la colilla del cigarrillo en algún indeterminado momento de soledad).
Cinco balas, pero no quince y sin contar al mono, y nadie digno de escuchar una reflexión, y no hay forma de escapar de ahí.
Las cosas siguen gritando y babeando y profanando rosas como si estuvieran exhumeradas de la condena que debería imponerles el mundo.
La vista de ella se retuerce, las lágrimas la invaden mientras las cosas tratan de hacerla participar, de hacerla una de ellas, amorfa y asquerosa, como todas las allí presentes.
“Tal vez, gritarían” piensa ella. “Tal vez hagan con mi cuerpo lo que hacen con las rosas. Tal vez me dejen pudrirme acá, en esta silla”

No importaba. Era mejor que volverse una cosa, era más digno, más placentero. Cinco balas pero no quince, cuando su mente trata de elaborar una reflexión a la altura de las circunstancias, pero sólo maquina, apenas, para guiar a la mano a expresarse a través del metal frío que linda con su sien, y se pierde con el aliviante e ínfimo sufrimiento que prosigue al frenesí de un delgado dedo índice que acciona, con morbosa delicadeza, el gatillo de un revólver.
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